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martes, 14 de diciembre de 2010

Hogar, dulce pantano (1)

Cuando tenía 22 años decidí que quería vivir sola, ser independiente, enfrentar el mundo a mi manera y que me tenía que ir de la casa de mis padres. No tenía idea de lo que significaba vivir sola, completamente sola, sin nadie alrededor. No tenía idea lo que significaba ser independiente, sin extender la mano para recibir nada de nadie y sobrevivir únicamente con el sudor de mi frente aceptando día tras día la frustración de mi vocación. No sabía lo grande y malo que era el mundo porque había vivido en un pueblo donde todos se conocen o por lo menos donde todos han escuchado hablar de todos. Salirme de Piura con mis petacas para irme a Lima ha sido el inicio de la más grande aventura que continua hasta hoy. Por eso tengo ganas de escribir detalladamente sobre eso. Podría ser una serie que se llamaría "Mudanzas" o algo más creativo tal vez y haría entregas mensuales o temporadas tipo Lost y que toda una tira de huevones se queden discutiendo sobre lo que va a pasar, sin darse cuenta que ni los propios creadores saben qué va a pasar. A eso yo lo llamo manipulación de los medios, pero la rueca de huevones creen que ellos han definido los destinos de la serie. Hay cosas que no entiendo bien.

Es como cuando la gente de ciudad cree que tiene que ser la mejor, sin darse cuenta que solo tiene que ser mejor que los que tiene alrededor y no mejor que toda la gran población. Y que la realidad espacial define muy bien los niveles de mediocridad en los que uno vive. Para mi es muy fácil cuando comparo la condición humana en sus niveles animales reales. Algunos humanos que no se toman nunca el trabajo de parar un poquito, creen que piensan que tienen que ser mejores que todo el resto de humanos, sin darse cuenta que así como los venados, uno solo tiene que ser el más rápido de los venados de su grupo o por lo menos no más lento que el venado más lento de los venados del grupo, porque su depredador directo tan inteligente y tan naturalmente diseñado para la sobrevivencia como la comida que tiene alrededor, se va a alimentar primero del venado más lento. Que león dejaría escapar al venado más lento para perseguir al más rápido? Y qué gana el venado más rápido corriendo más adelante que los otros venados? La vida y la sobrevivencia son cuestiones básicas y siguen reglas inteligentes, pero nosotros los humanos que creemos que todo es más complejo de lo que parece, lo valoramos todo mal.

Los dos primeros párrafos están conectados entre si, es una autocrítica y uno tiene muchísima relación con el otro. Es una especie de declaración de principios de eficiencia. No me salió bien la conexión pero no estoy en este rato para ediciones.

Entonces un día del 2002 agarré mis chivas, me despedí y me quité. Llegué a Lima a vivir en una "pensión" a la que llamo "El Hogar de Pony". ¿Qué no has visto Candy, Candy? Pues te perdiste un montón de lecciones de taradez. Este Hogar de Pony era una casa para gente que si tenía padres pero parecía que no. Se acababan el agua caliente, licuaban jugos a las seis de la mañana, el teléfono siempre estaba ocupado, sólo se veía novelas a la noche y luego noticieros y las muchachas decían únicamente cosas como "qué bonita su blusa", "qué lindos aretes", "ese corte no le queda bien", expresando niveles arrolladoramente desaforados de interioridad. Los chicos eran precámbricos. Duré dos meses ahí, más por necesidad. Lo que me pagaban por la práctica que hacía en la empresa que quedaba a dos cuadras de la casa, me daba solo para pagar el alquiler y me quedaba una limosna para gastármela en lo que yo quisiera. La comida era la mejor de todas. ¿O sería que había comida? Aún no me decido.

Fue mientras vivía en esa pensión cuando conseguí mi primer trabajo decente. Digo decente porque de trabajos también podría escribir una saga. Como ya me podía pagar mejores cosas, me busqué un minidepa y encontré uno cerca, porque el barrio era bueno, limpio y seguro. La doña era (y seguro sigue siendo) una vieja arrugada y seca como pasa, rubia al pomo, fumadora de cigarro, de hierba y de todo lo fumable, con los dientes podridos, con dos hijos especiales como de 30 años, uno vago como de 35 y un marido también fumador. La casa quedaba en un sitio tranquilo y bonito, con parques y tiendas alrededor y con la Chama, la 41, la 73, la S, y otras combis necesarias para la supervivencia a cinco minutos caminando. El minidepa era un área separada de la casa, pero el patio interior era compartido por mi y por la familia de la vieja, aunque la vieja ni su familia saliera nunca al patio y yo tampoco, porque sólo yo lo usaría para tender la ropa durante los cinco años que me quedé. Su sala y mi cocina daban al patio común. El alquiler era pagable y por las condiciones familiares suyas no daba para cobrar más. Cualquiera con más sentido de conexión con el mundo que yo hubiera huido inmediatamente de ahí. Pero yo fui la inquilina perfecta: puntual en los pagos, capaz de cerrar la cortina y aumentar el volumen del televisor.

El patio que "compartíamos" tenía una lavandería y un árbol de limón que jamás dio un condenado limón, con mucho sol en verano y mucha humedad en invierno. Cuando ellos regaban el jardín de afuera, conectaban la manguera en el caño de la lavandería, no podían cerrar la puerta de la sala y era en esas oportunidades cuando los hijos especiales salían a la luz. Uno de los hijos de la vieja estaba obsesionado conmigo, pero yo creo que se hubiese obsesionado con cualquier mujer que hubiese tenido a la vista, porque según mis amigos loqueros, algunas personas especiales podrían tener la libido descontrolada por insatisfacción y por eso presumiblemente alta. Novio de la época llamaba a los especiales de "tísicos". Decía "los tísicos esto", "los tísicos aquello". Para diferenciarlos, a uno le decíamos tísico y al otro, tísico más tísico. Yo ni sabía que significaba tísico, ni me tomaba el trabajo de averiguarlo. A mi me sonaba la palabra perfecta, pero ahora se que no tiene nada que ver una cosa con la otra.

El tísico más tísico vivía porque respiraba, pero no hablaba, no sabía comunicarse y tenía rabietas extrañas de vez en cuando. Hacía un sonido ascendente "mmmmmmmmm" y otra vez "mmmmmmmmmm" y así se podía pasar varias horas. La vieja le hablaba y perdía la paciencia. Luego gritaba desesperada y a veces hasta lloraba. El tísico no tan tísico era una persona especial que al menos hablaba y tenía niveles aceptables de razonamiento, se comunicaba bien, no tenía rabietas, no había que capturarlo para bañarlo, ni obligarlo a comer, pero no tenía la capacidad cerebral adecuada para ser una persona autosuficiente. El hijo vago era mecánico de autos, o eso es lo que pude comprender en todos los años que viví ahí, pero nunca lo vi ir a trabajar. El viejo era jubilado. De la vieja no tengo información, tal vez ama de casa por la vida entera debido a la situación familiar. Al inicio, cuando me di cuenta donde me había metido, tuve ganas de mudarme. Después también me di cuenta que mientras ellos estuvieran en su espacio y yo en el mío no habría problema, pues el hecho de pensar en la mudanza me daba una flojera monumental. Así es como finalmente me quedé siempre.

Los primeros meses, cuando yo todavía extrañaba la casa de mis padres, me iba a Piura cada vez que podía. No me importaba viajar 13 horas el viernes y 13 horas el domingo para volver molida y a trabajar el lunes a las 8 de la mañana. Todavía todo era aventura, tenía dinero, tenía independencia, hacía lo que quería. Un lunes llego a casa después de trabajar y después de haber pasado los feriados de semana santa en las playas norteñas. Voy a la cocina y encuentro roto un vidrio de la ventana-mampara y un pantalón y un calzoncillo en el piso al lado de la ventana. La ventana de la mampara era de esas que están formadas por vidrios rectangulares paralelos sostenidos por un marco de aluminio y que se abren y cierran con una palanquita. Al rato viene la vieja a explicarme lo sucedido, disculparse y pedirme que le devuelva el pantalón y el calzoncillo del tísico más tísico. Me moría de asco de agarrar el pantalón y el calzoncillo del hijo, porque el tipo gritaba como un loco cuando lo metían a la ducha más o menos una vez al mes. Para bañarlo había que sedarlo con dosis para caballo, la casa se volvía un despelote y yo tenía que aumentar el volumen del televisor. Encontré unas seis veces un pantalón y un calzoncillo en mi cocina. Y cada vez los tuve que devolver.

Muchas cosas pasaron en ese tiempo: expulsiones de los vecinos de arriba por falta de pago a cargo de matones de veinte lucas, ya que según el viejo, no convenía llevar el caso al poder judicial porque si se hacía la denuncia había que esperar a la orden oficial de desalojo que podría tardar unos 5478 años; griteríos de la mujer celosa del otro inquilino de arriba con paliza incorporada, llanto posterior de la mujer y reconciliación con trepada bullosa a seguir; visitas de la DEMUNA por el asunto de los tísicos; grupos de oración de la vieja todos los jueves; pleitos por cuestiones políticas entre el marido de la vieja y el vecino de la casa contigua, uno Humalista y el otro Aprista, respectivamente. Osea, "Un mundo para Mariam".

Diría que en medio de todo, yo era la única sin tanta mala suerte.

En esos años que viví ahí me he puesto de 26 y no me he dado cuenta, ha pasado un montón de agua bajo el puente, muchos árboles caídos se han quedado atracados y han estado a punto de derribarme, estoy en casa muy poco, tengo que trabajar durante el día, algunas noches voy al gimnasio, luego a comer, estudio inglés o alemán, si es verano voy a la playa en el finde, si es invierno, a Cieneguilla a comer picarones y pachamanca, tengo planes, tengo mi vida bajo control, disfruto mucho de todo lo que he conseguido pero odio la esclavitud en la que vivo. Ya se que me voy a Alemania, mis vacaciones eternas están a punto de comenzar. Ya estoy preparando maletas y me dedico a limpiar, botar lo que no quiero, descansar un poco antes de hacer el Tour Perú 2007 y ya he renunciado al departamento. Pienso dónde carajo voy a meter toda la barbaridad de cosas que tengo y a quién le voy a regalar mis plantas... En cinco años de vida se me acabó el kilometraje varias veces. Mi tiempo en ese departamento terminó y me siento al borde de otro abismo, como cuando decidí irme de Piura, pero no me importa.

Atacada de emociones me llega el último domingo que paso en Lima y estoy alegre y triste, pensando mucho mientras lavo mi ropa en el lavador de la cocina. Por casualidad miro al patio y veo al tísico más tísico parado en mi ventana mirándome absorto. No reacciono, por primera vez lo veo tan cerca. De pronto, él se saca el pantalón con todo y calzoncillo como tiene acostumbrado a hacer en mi ausencia, mete la mano por la ventana para entregárme sus trapos y hace su sonido clásico al reírse -si acaso sabe lo que es reirse- "ruf-ruf-ruf-gggghhhh-ruf-ruf-ruf-gggghhhh" y me señala una y otra vez sus órganos sexuales con la cara pegada a la ventana. Yo me quedo paralizada mirándolo y pensando que tiene el cuerpo huesudo igualito al de un sobreviviente del holocausto y me doy cuenta que el pinto se le va haciendo visible en medio de una mata horrorosa de pelos negros. Una visión única, una aberración anatómica, un fenómeno fisiológico experimentado desde otra dimensión.

Irracional, imposible, surreal, insano. Mis ojos jamás fueron tan útiles.

Todos los pensamientos del mundo pasan por mi cabeza y él sigue riéndose -o excitándose, o las dos cosas- "ruf-ruf-ruf-gggghhhh-ruf-ruf-ruf-gggghhhh" con más y más fuerza, se golpea contra la ventana como en la parte de la canción perrea mami perrea, o es papi que dice la canción -tampoco se-, se frota contra la mampara de izquierda a derecha, de adelante para atrás como un pipiléptico -menos lo se-, "ruf-ruf-ruf-ggggggghhhhhhh", se atora el cojudo, es el otro sonido que le he escuchado emitir en todo el tiempo y no creo que alguien sepa diferenciar lo que está tratando de comunicar, si es que está tratando de comunicar algo, y sigue intentando que yo le reciba sus trapos y me parece que va a perder el equilibrio o que se va desmayar en cualquier momento porque ya no me esta mirando a mi más, ahora mira para arriba y le cae baba de la boca, pero sigue perreando sin pausa contra la mampara, como un demente. El sol lo ilumina. Yo estoy idiotizada, pienso en el dolor de la vieja, me arrepiento de llamarlo tísico, se me encoge el corazón. Imagino que el tipo apesta, me domina el asco que siento, me aplastan todos los sentimientos del mundo. Reacciono en cámara lenta y lo espanto como mi vecina espantaba a sus patos "usshaaaaa! usshaaaaaa!" y el tísico más tísico sale corriendo de mi ventana-mampara cuando su madre lo ve.

Inenarrable.

Nadie verá lo que yo vi.

Me costó reponerme de esa impresión, el corazón me latía muy rápido, me temblaban las piernas y cuando volví a mi, lloré por el tísico más tísico, por el no tan tísico, por la vieja, por el viejo, por su suerte.

Por el vago no.

No me explico hasta hoy como se hace para resignarse a una realidad tan indigna. Después seguí llorando pero porque tenía que dejar todo lo que tenía, todo lo que me había costado tanto conseguir, por mi no tanta mala suerte.

Como soy ciclotímica, dos horas después me recagué de risa. Pensé que no hay mejor broche de oro para la estadía de una inquilina tan buena como yo: ver al tísico más tísico vuelto loco, calato con el pinto parado frotándose contra mi mampara. A la semana de eso me fui a Piura por última vez.

El pantalón y el calzoncillo del tísico quedaron en el piso de la cocina hasta el último día que viví ahí.

La vieja nunca más me puso la cara. Ni para recibir las llaves.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Caperucita Roja

I.

Cuatro generaciones ascendentes han estudiado en el colegio en el que yo tuve la desdicha de estudiar. Sin embargo no podría decir que el colegio fue completamente malo, en realidad no se cómo calificar esa experiencia, porque cruzarme con esa realidad macabra desde tan pequeña me dio la oportunidad de aprender a practicar el arte de ignorar a la gente, ser indiferente a todo, no responder a ninguna pregunta y a olvidarme rápido de lo que no me gusta. Eso es algo muy bueno o muy malo de mí, no me decidí todavía, pero reconozco que cuando lo practico, disfruto sin límites. Las monjas del cole pensaban que llamando a mi papá todas las semanas iban a encontrar alguna solución para mi comportamiento, pero se dieron por vencidas cuando mi papá se puso indefectiblemente de mi lado y optó por practicar el mismo arte que yo: escuchar y no decir nada.

Yo lo corregí y lo aumenté: escucho hasta que la oreja se me ponga roja, no digo nada, pero escribo todo.

En ese mundito de mujeres de deseos reprimidos y actitudes extrañas, uno aprende a ser extraña, a reprimir mucho sus pensamientos o a no pensar mal por costumbre y también se acostumbra a la protección que las mallas de un gallinero como ese te ofrece: 900 adolescentes encerradas en un mismo lugar. Uno sólo tiene amiguitas, vive muy feliz y contenta ignorando al 100% de las monjas y al 50% de compañeritas, porque 150 compañeras eran demasiadas y me desataban una especie de fobia social; estudiando lo suficiente para que no digan que una no hace nada, cumpliendo con las tareas, pensando en ovejitas, arbolitos, pajaritos y dibujando corazoncitos en la pizarra con "Alicia y Jorge" y viendo a Alicia salir corriendo de su asiento para borrar con las manos húmedas de los nervios el corazón y el nombre de Jorge. Ridículo.

Así me pasé 11 años.

En esas condiciones mentales llegué a la universidad, inocente y pura, una babosa, totalmente desprotegida. Nadie me ofreció su ayuda. Me dejaron sola en ese mundão. Y así fue que me junté con un grupito de amiguitas estudiosas muy buenas igual que yo y tan ciegas o peor que yo y que habían estudiado en gallineros vecinos. Ese grupito de amiguitas ciegas ya tenía su grupito de amiguitos universitarios, y yo me uní a ellos muy feliz, porque para mi no había cosa mejor que por fin tener amiguitos. La vida me demostró que mis ojos no verían lo evidente, ni del más allá, ni del más acá, ni la verdad que se desnudaba frente a mí y me permitía explorarla como un ultraje ginecológico, esos que tengo la valentía de sufrir cada seis meses.

Al final de los tiempos resultó que esos amiguitos universitarios eran todos del otro bando o por lo menos pateaban con las dos. Mis amiguitas no lo sabían, ninguna se dio cuenta, y yo tampoco lo noté. En esa época yo tenía la sensación de que el tiempo pasaba demasiado lento, que sucedían muy pocas cosas en la vida de todos, me limitaba a observar a la gente y a ver como se empezaban a definir las personalidades de los grupos por los nombres que los otros les ponían: "los animales", "los nerds", "los industriales", "los mecánicos", "los fumones", y yo me imagino que toda esa otra gente debe habernos llamado a nosotros "las amiguitas buenitas y sus amiguitos gays". Yo nos hubiese definido como "grupito de las amiguitas idiotas" si hubiese tenido suficiente malicia. Y no es que yo tenga algo contra los gays, lo que tengo es algo mío que está en contra de mi misma, porque teniendo 30 años sigo con el defecto de no prestar atención a lo que hay que prestarle atención y no darme cuenta de lo que tengo que darme cuenta. Para hacer el defecto menos evidente a veces lo llamo concentración (???).


II.

Ya al finalizar esos dos primeros años lentos y confusos, una tía me regaló para mi cumple 19 mi primer set de maquillaje completo. Tenía labial, polvos, colorete, paleta de sombras, máscara de pestañas y delineador de ojos. Yo era peor que ahora, ni siquiera me depilaba las cejas, y así me animé un día a delinearme los ojos. Me salió terrible, lógico, pero como sufro de desubique contextual crónico pensé que poniéndome las gafas no se iba a notar mucho. Y así me mandé a la universidad.

Llego a la clase y amiguito número uno en salir del closet me saluda y me dice señalando mi ojo con su dedote:

- tienes el delineado chueco

Por la puta madre. En ese momento morí de chucaque ronchudo, quise que la tierra me tragara, me odié por ser tan cojuda y hoy cada vez que me pinto los ojos redescubro el significado verdadero de esa frase llena de contenido: "tienes el delineado chueco", "tienes el delineado chueco," "tienes el delineado chueco", "tienes el delineado chueco", y así hasta el infinito chueco.

Me fui al baño y me lavé el delineador.

****

Pasa otro año y amiguito número dos en salir del closet me cuenta mientras banquéabamos sin remordimientos como fue su primer encuentro con una chica. Me contó todo con mucho detalle y al final me dijo:

- pero tenía el cuello saladito

Cuando lo recuerdo, puedo ver a las ardillas comiéndose los restos de las bolsas de chifles de los basureros y mi cabeza funciona como caja de resonancia que repite sin pausa: "tenía el cuello saladito", "tenía el cuello saladito", "tenía el cuello saladito", "tenía el cuello saladito" y así hasta el fin de la galaxia y lo puedo comparar exactamente con la frase de Bayly creo que en "Yo amo a mi mami":

- tiene pelos en las tetas

"Pelos y tetas", "pelos y tetas", "pelos y tetas", "pelos y tetas", "saladito, cuello, pelos, tetas", "saladito, cuello, pelos, tetas", "saladito, cuello, pelos, tetas". No logro separar los hechos, confundo una información encriptada con la otra, intuyo que los dos están tratando de decirme lo mismo, siento que el espíritu se me separa del cuerpo y me mira de afuera, y me dice, "tú, pedazo de idiota", señalándome con el dedo y haciéndome una mueca de doctor cuando me revisa la garganta mientras me dice "tienes el delineado chueco" y yo con la bocota abierta haciendo "aaaaaahhhhhh".

****

Pasa un año más y estamos a punto de salir de la universidad, tratando de controlar la borrachera de la facultad en la que se vendieron 3200 litros de cerveza y se recaudó la mayor cantidad de plata de todos los tiempos hasta el 2001. Amigo animal se pone en plan "si me miras te pego", suelta su belicosidad y empieza a romper botellas, llegan los de seguridad a expulsarlo de la fiesta, pretende que lo vuelvan a dejar entrar y en protesta se trepa a la reja del local estilo barra grone y empieza a gritar como loco zarandeándolo todo y dejándonos impresionados a todos por los efectos de las sustancias tóxicas. En medio de ese caos aparece amiguito número tres en salir del closet que se había largado a estudiar a otro país hacía dos años y estaba de visita en la ciudad.

Mi memoria fotográfica recuerda mi falda arrugada, mi top azul y mis zandalias nuevas encharcadas de ese lodo alcohólico y pestilente que se forma en los huariques con piso de tierra, lo ve llegar vestido de tonos caqui a saludarme horondísimo y feliz con lentes de contacto color almendra. Le estoy viendo "lentes de contacto color almendra", "lentes de contacto color almendra", "lentes de contacto color almendra" y sombrerito de boy scout, me dije. Los lentes de contacto de hace 9 años no eran como son hoy y pensé "que cosa rara ésta", "cómo cambia la gente cuándo se va", "la gente cambia", "la gente cambia", "la gente cambia", "la gente cambia", "la gente cambia". Y eso si que no lo he soñado.

Cuando se fue, yo seguí preocupada con la plata que recaudábamos para la fiesta de promoción.

****

Les perdí el rastro a todos esos amiguitos, y a sus amiguitos también porque a decir verdad eran una manchaza de gente, que salieron discretamente del closet con pequeñas cosas que vivimos ellos y yo y los encontré de nuevo en esa maravilla del Chismebook. Diez años después estamos casi todos en Europa, muy modernos, todos asumidos, ya ni se acuerdan de la oscuridad del closet, están enamorados y felices, unos con blogs de viajes o de moda, diseñadores y pasarelas, con el cutis mejor y/o el novio más guapo que el de una, producidos y flacos, ni rastro del amiguito con camiseta, jeans y zapatillas con el que me senté tanto tiempo en la universidad, ahora se ponen cardigans delgaditos sin camiseta abajo, enseñan medio pecho depilado, están peinaditos con gel y ponen fotitos en juergas de ambiente con mesas verdes y sillones fucsias en las que salen con jeans skinny por la mitad del trasero.

Me acuerdo de las clases, de las horas de estudio, sin dar una señal de nada, los veo por el camino de Química cargando el trípode y el nivel y me doy cuenta que me llevaron a pasear al campo. Los corazoncitos que ponen abajo de sus fotos me desconciertan. Ellos ya me lo habían dicho sin decírmelo, me disculpo a mi misma por no ver lo evidente, cada vez que los recuerdos me asaltan.


III.

A Madre también le pasó lo mismo y seguro por eso es que se dice que lo que se hereda no se hurta. Un día le pregunté los detalles de la historia de su hermano. Una historia que me enternece y me hace admirar a mi tío por su valor en una sociedad de hace 45 años. Salir del closet a los 6 años en un pueblo conservador hasta hoy, para brindarte con inocencia la posibilidad de saber y aceptar.

Mariam: Madre y cómo fue que se dieron cuenta?
Madre: nos dimos cuenta cuando ya era grande
Mariam: porqué tan grande?
Madre: no se hija... en realidad no lo quisimos ver -y Madre suspira profundamente-
Mariam: cómo así?
Madre: ay hija, tu tío fue la caperucita roja en la actuación de fin de año del jardín de niños
Mariam: ....
Madre: el jardín tenía niñas -me dice de nuevo mientras suspira más profundo que antes, me mira, me sonríe y me da un beso y yo tengo ganas de poner corazones abajo de nuestras fotos-
Mariam: ....


IV.

La capa siempre es roja


lunes, 16 de noviembre de 2009

Un día en la vida

Esta historia comienza un día de un invierno lejano.

Sus amigos pensaban que ella estaba chiflada por salir con él, le dijeron que habían sido capaces de tolerarle de todo en nombre del cariño que los unía, pero que esto último sobrepasaba los canones de las buenas prácticas y que ya sentían vergüenza ajena. Ellos no habían caído en la cuenta de que por esos tiempos ella tenía los chicotes cruzados más de la cuenta y que la cosa no iba a dar para mucho, porque en cualquier rato se iba a producir el corto. El flaco con el que compartía la oficina la miraba y le movía la cabeza en señal de desaprobación para dejarle claro que esta vez sí se estaba excediendo. Y era así porque una característica de él, esa que nunca pasaba desapercibida ni para el más tonto, ni para el más bueno de los habitantes del planeta, era una galaxia de complejos de inseguridad que lamentablemente no lo desacretiban únicamente a él, sino también al que anduviese junto. En otro momento de menos chifladura ella no hubiera tenido necesidad de descartarlo, porque ni siquiera lo hubiera considerado en el proceso de admisión. Pero eran otros tiempos.

Y por ese relajo de las costumbres que a veces las mujeres se permiten, ella le hizo caso.

Salieron durante un tiempo muy corto y los primeros días llegó a pensar que él era inclusive adecuado, aunque no supiera definir los alcances semánticos de la palabra. Él vivía acosado de males de viejo: insuficiencia respiratoria, presión alta, asma, tos constante, mocos y para remate una micosis rebelde y añeja en las uñas de los pies, como los gavilanes polleros. Intentaba ponerse en forma corriendo como loco una vez a la semana cien vueltas alrededor del parque de cemento que había por su casa. Eso calmaba su conciencia, lo hacía sentirse saludable por cinco minutos y al terminar se atracaba de naranjas y pepinos para calmar el hambre voraz que tremendo esfuerzo físico le dejaba, hasta que no aguantaba más y rendía cuenta de un pollo a la brasa con papas fritas y cremas de todos los colores, en especial de la verde, que a él le parecía la más rica, como los bulímicos comedores de queso crema, solo que se saltaba la parte de vomitar y así todos sus afanes deportivos se iban al carajo. Le contaba que una noche de aquellas solo había cenado papaya, y ella pensaba que todo era inútil, porque ese metabolismo barullento tenía tan poco arreglo como su temperamento. El trajín emotivo que esa relación le causó se lo podía haber ahorrado si se hubiera dado cuenta que ella sólo estaba matando el rato y que poco le importaba si él le obsequiaba flores en cajita o en papel celofán y tarjetitas con frases de amor, o muñecos chinos que inevitablemente serían regalados porque ella era alérgica a la pelusa, o libros que leería toda su familia excepto ella, o música que nunca le recordaría a él o palabras bonitas que ella luego borraría sin pena de su mailbox, porque, a decir verdad, solo estaba esperando el tiempo pasar para llevar a cabo sus otros planes.

El tiempo pasó y le tocó conocerlo más.

El tenía la forma de un Tupperware deforme por el uso y por el paso de agua caliente, así como las loncheras de los obreros de construcción civil, que ella tan bien conocía. Usaba dos camisetas debajo de la camisa para esconder su condición de tetudo y disimular la panza rolliza que le sobresalía sin modestia. Caminaba como caballo cascorvo porque tenía las patas chuecas de las rodillas para abajo. Era dueño del segundo closet más grande que ella había visto después del de su ex-cuñada, atiborrado de ropas de marca que ella ni conocía ni compraría aún conociendo porque tenía un espíritu de india que nunca iba a entender de esas cosas. Él compraba jeans caros, camisetas de equipos de fútbol extranjeros que usaba en honor a los cinco minutos que duraba corriendo cuando participaba en las pichangas y usaba zapatos de todos los colores. Pero ella pensaba que tanto lujo se perdía encima de una percha tan desoladora y sentía cosita. No solo compraba como loco por internet y explotaba el sueldo que ganaba sin un mínimo control financiero, sino que sus tarjetas de crédito siempre estaban reventadas y tenía el futuro empeñado en un trabajo que nada le gustaba para pagar los placeres presentes que no podía permitirse pero que ya se había permitido y que lo acorralaban más y más en ese estilete de vida que los que viven endeudados llaman de moderno y del que aún años después él no podría salir y en el que ella no entraría jamás.

Después de detectarle el cuerpo, le tocó frecuentárselo, si no, la historia no hubiera sucedido en esta década.

El vino a su casa cuando los padres de ella habían salido y cogieron como él tenía previsto porque no se sacó las medias y ella no le pudo ver la micosis que le vio días después en las uñas de los pies. Ese día empezó a sospechar que el muchacho padecía de desórdenes libidinosos endémicos y se dio cuenta que descargaba su agresividad de acomplejado en la gente que si lo quería de verdad y a ella, que no lo quería sino para pasar el rato, la trataba bien. Ella pensaba que él ya estaba muerto porque se imaginaba que no podría levantar a nadie sin pagar. Como tenía una salud senil, cuando el frío de la noche le dió en la espalda, se le desataron todos los males flemáticos: tosió, estornudó y los mocos se le desbordaron, y al abrigarse a petición de ella, sudó como los pollos en el brasero de los restaurantes de S/. 2.99 que se comía después de correr las cien vueltas al parque de cemento que había por su casa. Ella no había terminado de definir qué de todo había sido lo peor y como no tenía mucha paciencia y tampoco ganas de filosofar, disimulaba con comprensión el tedio que sentía, esperando que llegara la hora de él irse y cerrar la puerta y apoyarse dramáticamente al cerrarla por sentirse liberada, así como hacen las actrices en las películas en blanco y negro cuando alguien indeseado se va. Cerraba los ojos con furia, intentaba dormir y no podía porque temía que él se muriera ahí mismo, en la casa de sus padres, ahogado en sus gargajos. Se arrepentía de haberlo hecho ese día con él y de que por pura lujuria que encima quedó sin satisfacer, la espalda de él estuviese fría y él ahogado en tos e inundado de mocos. Imaginaba a la gente de la aseguradora llegando a nebulizar al paciente o llevándoselo al borde de la asfixia. Lamentaba tener a su lado un cuerpo achacoso envuelto en una piel de joven. Esa primera noche, en un momento en el que ella no estaba dormida pero fingía estarlo, él estornudó y simultáneamente su esfinter, descontrolado como sus emociones, soltó un pedo, que se acopló al eco del estornudo y al crujir de la cama. Ella lo escuchó y sintió compasión. Ninguno se movió. Ambos sabían que aquella situación patética era un agravante y no se podía convertir en un momento jocoso, porque la personalidad del gordo no daba para reirse de un hecho tan poco enternecedor, como ella sí lo hiciera una vez con el grandote que con las justas se bañaba a quien se agarró unas semanas atrás y con el que disfrutó plenamente las cinco películas que no llegaron a ver.

El pedo fue demencial.

Ella se sintió en trance, como en la partecita de la canción de los Beatles que viene después de que cantan I'd love to turn you on que tanto escuchaba en las ocasiones en las que quería profundizar la turbación de su espíritu o intentaba encontrar salidas para cambiar de vida, volverse hippie y vivir de la venta de porquerías al borde de la carretera, y mandar a todos a la mierda, incluido él. Se sintió como cuando viajaba en auto rumbo a la playa en plena Panamericana Sur y sacaba medio cuerpo por la ventana como los perros y sentía el vértigo de una libertad negada por el mundo real y por los carros que venían en contra y que por suerte no le volaron la cabeza, como él hubiese deseado un tiempo después. Se sintió cayendo en un abismo sin fin como cuando cinco años atrás cambiaba de posición en la cama en plena resaca que tenía el orgullo y la cojudez de sufrir sola encerrada en su cuarto para que sus padres no se dieran cuenta y toda la vida se le salía por la boca y juraba que nunca más lo volvería a hacer. Se sintió como cuando era niña y perseguía a los treinta patos de la vecina que vivían hacinados en un corral pequeño y los patos corrían más rápido que ella y después de la primera vuelta ya corrían en círculo y la perseguida terminaba siendo ella misma y el pánico de ser pisoteada por esos bichos sin prestigio le daban ganas de matarlos uno por uno a punta de palos.

El pedo fue revelador.

Se dio cuenta que no lo quería a su lado ni para dejar el tiempo pasar, porque no podría volverlo a ver sin recordar la noche drámatica en la que él era un moco con patas y al estornudar se tiró un pedo y ella fingió dormir y sintió lo inexplicable.

Y por eso concibió un plan para deshacerse lentamente de él.

Y no se equivocó.